Las hazañas de Ludovino Vidal (cuento)

Por Carlos Segura

Carlos Segura escritor fotoDurante cuatro décadas, Ludovino Vidal se ocupó de mantener a punto los relojes que dieron la hora a dos generaciones de banilejos. Con una lupa en el ojo izquierdo, el de mejor visión, frente a una mesa repleta de minúsculos engranajes, cajitas, surtido de tornillos, pinzas, alicates, llaves para fondo, fuelles, martillos, cepillos, punzones, aceites; montaba, desmontaba, limpiaba, aceitaba, reparaba, todos los relojes del pueblo; de pulsera, salón, bolsillo, relojes cucú, de péndulo, despertadores y, también, el más importante de todos: el reloj de pared de la caserna de bomberos, el que marcaba la hora para el sirenazo de las siete de la mañana, para que todo el pueblo, desde la playa Los Almendros hasta La Montería, se levantara aunque estuviera muerto de la resaca; el de las doce, para dejar oficialmente clausurado el pueblo, cerrar pulperías, ferreterías, farmacias, barberías, sastrerías, zapaterías, mercerías, tiendas de tejidos y todas las puertas y ventanas de las casas, para que no fuera a llegar algún belón a la hora del moro o un inoportuno a perturbar la sagrada siesta, que se extendía hasta las dos menos cuarto, cuando sonaba el otro sirenazo, para despertar a vivos y muertos, con los pliegues de la almohada dibujados en la cara y muriéndose por comerse un dulcito de leche con coco y; finalmente, el de las cinco de la tarde, para que nadie le hiciera caso, pero para recordarle a todos los banilejos el sentido del deber de Cabo Torres, jefe de la caserna, que ejercía su profesión con la misma devoción que el párroco realizaba la suya.

Ludovino se sentía en su pueblo como pez en el agua, tenía una familia, muchos amigos y un oficio que le permitía bien ganarse la vida ¿Qué más podía pedir? Pero desde que su médico de cabecera le comunicó que la diabetes le había provocado gangrena en la pierna izquierda y tenía obligatoriamente que amputársela para salvarle la vida, no vaciló en decirle que se iría del pueblo, pero eso sí, advirtiéndole que el juramento hipocrático le obligaba a mantener eso en secreto, para que sus vecinos, amigos y conocidos no supieran nunca que su cuerpo había comenzado a desgranarse como una guanábana madura que cae de la mata.

Se mudó a Monte Cristi, donde tenía un hermano que trabajaba en el puerto de Manzanillo. Tan pronto se recuperó, su hermano lo colocó como vigilante en el puerto.

Diez años después, quedó ciego, perdió el trabajo y no tuvo otro remedio que regresar a Baní, donde tampoco tendría trabajo, pero tenía la casa, familiares y amigos, que si no hubiera sido por la pena que le provocó a todos volverlo a ver con dos ojos de vidrio, rígidos, inmóviles, sin expresión, como los ojos de los pescados y una pata de palo, que él juraba que los días húmedos le dolía tanto como la otra de carne y hueso, a causa del reumatismo, su regreso a casa hubiera dado lugar a una gran fiesta.

Su vieja casona de tabla techada de cinc, situada próximo a la avenida que conduce a la playa Los Almendros, se llenó de personas apenadas, compungidas, de ver al dinámico Ludovino vuelto un coroto, que había dejado en el camino tan importantes pedazos de su cuerpo, pero la pena y el lamento comenzaron a disiparse cuando su viejo amigo Justino Barias le preguntó que cómo había perdido la vista y la pierna.

—Compadre, puedo explicarle lo que me pasó con la pierna, pero la pérdida de la vista fue para mí una tragedia tan grande que no creo que pueda contar eso por todos estos años —dijo acongojado—. Esa desgracia está todavía demasiado fresca en mi memoria.

Suspiró, movió la cabeza para ambos lados, como buscando ver a quien no podía ver  y prosiguió.

—Usted conoce mi afición, tanto por la pesca como por la cacería. Pues apenas algunas semanas de haber llegado a Monte Cristi, le cogí el bote prestado a mi hermano Francisco. Me fui a pescar por los alrededores de El Morro, un domingo en la mañana. Partí bien equipado, buena carnada, anzuelos de todos los calibres, buena línea y un fuerte bichero de acero, porque ya había oído decir a pescadores del lugar que habían visto tiburones rondando no lejos de la costa.

Fue un día de pesca excelente, a eso de las tres de la tarde la popa del bote ya estaba repleta de meros, chillos, picúas, bonitos, jureles y un reperpero de ariguas, que las fui tirando en la proa para regalárselas a quien apareciera.

De regreso a tierra, tiro nuevamente la línea con buena carnada y siento que el bote se va a toda velocidad en la misma dirección de la línea, por la fuerza y la rapidez del tirón, supe de inmediato que se trataba de un tiburón. Amigos míos, fue una dura pelea, durante toda la noche y una buena parte de la mañana, estuve batallando con el jodido animal, soltándole línea y halando, halando y soltándole, hasta que ya próximo a Cabo Haitiano, cerca del mediodía, logré cansarlo y, luego de no menos tres horas de batalla, logré acercarlo al bote, engancharlo con el bichero y treparlo a la popa. Ahí fue que comenzó la gran batalla, con un cuchillo mata vaca en mano me enfrasqué en una pelea cuerpo a cuerpo con la vendita bestia, hasta córtale la cola de un solo tajo. Me quedé con ella en la mano.

Detrás, vino el zarpazo del jodido animal, arrancándome la pata de una sola mordida. Partió con ella en la boca. Quedamos empate: él me llevó la pata, pero yo lo dejé sin culo. La estoy contando, amigos míos, gracias a unos pescadores que alcanzaron a ver un trapo blanco que puse en la proa y fueron a prestarme auxilio, de lo contrario, me hubiera desangrado en el bote y ya mis huesos estuvieran descubiertos.

Cuando terminó de contar su hazaña, hubo gritos y aplausos, lo cargaron y saltaron durante más de media hora, hasta que se le desprendió la pata de palo y rebotó contra cabeza de Josefa, su mujer, dejándole un gran chichón en la frente. La hazaña se propagó rápidamente por todo el barrio, luego por todo el pueblo, hasta recorrer todo el país. Aquella hazaña le dio a Ludovino tal prestancia, que el cuerpo de hombres ranas de la base naval de Las Calderas lo invitó a dar una conferencia sobre técnicas de combate cuerpo a cuerpo y, meses más tarde, la Sala Capitular del Ayuntamiento de Baní lo declaró hijo benemérito, por haber puesto en alto en aguas extranjeras el coraje y la gallardía de los banilejos que, hasta ese momento, eran tan solo reconocidos en el país como buenos pulperos, capaces de matarse con cualquiera por cinco cheles, pero jamás con un tiburón.

Inhabilitado para el trabajo, a causa de sus limitaciones físicas, la mata de limoncillos que había en el fondo del patio de su vieja casona pasó a ser el punto de encuentro con sus viejos amigos del pueblo abajo, a quienes contaba con lujo de detalles su combate con el tiburón y muchas otras no menos inverosímiles hazañas. Parecía como si en algún momento se hubiera detenido el reloj de su vida para reiniciar la marcha en sentido inverso. Era como si la vida no sirviera ya más para vivirla, sino para contarla, excepto, la desgracia que le ocasionó la pérdida de la vista, de eso se resistía a hablar, pese a la insistencia de los amigos para que les explicara lo ocurrido, pero el día que su compadre Emilio Pimentel le comunicó que su médico le había diagnosticado cáncer en el hígado y que no quería irse para el otro mundo sin saber la desgracia que le había ocasionado la perdida de la vista, se decidió a contarle, pero con el compromiso de que sería a solas y que debía llevarse ese secreto a la tumba, ya que esa desgracia había sido su única derrota en sus incontables batallas.

—Usted sabe el sacramento que nos une. Le juro que todo cuanto me comunique se irá conmigo a la tumba —le prometió Emilio.

—Bueno, como es bajo juramento, le voy a contar —dijo resuelto—. Hace alrededor de dos años, mi hermano Francisco le regaló una cotorrita a las muchachas. El animalito parecía un poco tímido, porque cada vez que alguien le pasaba por el lado se volteaba y metía la cabeza entre una de sus alitas. Carmencita, la más pequeña de las muchachas, le puso Cuquita. Para que se fuera soltando un poco, le pusimos un aro en una mata de mango fabricó que había en el patio. Los muchachos del barrio, que iban a marotearnos los mangos, comenzaron a enseñarla a decir algunas palabras obscenas, hasta que la malvada cotorra aprendió a decir mamagüebo.

»Desde entonces, la perversa cotorra quedó como un disco rayado voceándole esa palabrota a todo aquel que se acercara a ella. Para no darles ese mal ejemplo a las muchachas, que ya eran señoritas, le dije un día a mi mujer: “Josefa, esa jodida cotorra hay que sacarla de aquí”. Se opuso rotundamente, para no darle disgustos, decidí entonces ponerla de castigo. Agarré dos pedazos de soga de pita y la amarré por las alas de pared a pared, como un cristo. Sin darme cuenta, quedó justo frente a un crucifijo que teníamos en el fondo del salón. Ahí estuvo colgada y pataleando un buen rato y, de repente, comenzó a vocear: INRI, INRI, INRI….; INRI, INRI, INRI….; INRI, INRI, INRI…. Asombrado, entré a ver al salón, pero eso no me conmovió, más bien me dije: “Te vas a desgañitar llamando a INRI, hija de puta”.

A prima tarde, alcanzo a oír a la malvada cotorra hablando latín. Escuché clarito cuando dijo: Iesvs Nazarenvs Rex Ivdaeorvm, quandoquidem habes pendebant (Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos, ¿desde cuándo te tienen colgado ahí?). Entonces Jesús, absorto de escuchar ese animalito expresarse claramente en el idioma litúrgico oficial de la Santa Iglesia, le respondió: “Hace ya 2019 años”. “¡Dos mil diecinueve años! ¡Diablo y qué mala palabra tan grande fue que tú echaste, muchacho!”, respondió la condenada. Josefa, que acababa de entrar al salón, salió corriendo para el aposento, muerta de los nervios y gritando: “¡Cuquita ha hecho un milagro, ha hecho un milagro…Ludovino, por el amor de Dios, suelta ese animalito, no vez que hasta puede hablar con el hijo de Dios, si no la sueltas, irás de cabeza para el infierno, suéltala, suéltala…!” “Está bien, la voy a soltar, pero por las palabrotas que dice, debiera ahorcarla con la misma soga que está amarrada, aunque me frían en las calderas del infierno”.

Para terminar de aturdir al compadre Emilio, que no había tenido tiempo de salir de su asombro, remató Ludovino:

—Pero aquí no termina la historia de la jodida cotorra, amigo mío. Unos meses más tarde, para distraerme un poco, me fui de cacería para Loma de Cabrera. Desde muy temprano, me ubiqué en el interior de un matojo, que me quedaba frente a frente a un bebedero de pájaros, donde llegaban por manadas. Ya al final de la tarde, había matado más de un centenar de pájaros. Había de todo, paloma coronita, ceniza; cigua palmera, alita blanca, amarilla, cola verde; perdiz caquito blanco; yaguasas; carpinteros.

El alambre que tenía para ensartar los pájaros ya no daba abasto. Cuando estoy listo para irme, alcanzo a ver una cotorra encima de una palma y cargo la escopeta con el último cartucho que me quedaba en cartuchera, ya con el dedo en el gatillo y listo para disparar, veo que la jodida cotorra abre las alas y me grita: “¡Ludovino, no cometas ese crimen, soy Cuquita, la cotorrita que vivía en tu casa!” No podía creer lo que acababa de ver y oír, me tembló el pulso de los nervios, pero me repuse rápidamente y me dije: “¡Ajá!, con que tú eres Cuquita, tú vas a ver ahora, hija de puta”. Apreté el gatillo y ¡pam! Fue mi desgracia, con el disparo, la escopeta, que ya estaba muy caliente, reventó en mil pedazos. Los fragmentos me destrozaron los ojos. No supe más de mí. Desperté, dos días después, en el hospital. Nunca supe quién me recogió y me llevó allí.

»Ya para terminar la historia de la infame cotorra, unas cuantas semanas después de la tragedia con la escopeta, aún en convalecencia, estaba yo sentado debajo de la mata de mango, donde solía permanecer el condenado pájaro cuando vivía con nosotros y me pasó zumbando cerca de la cabeza, voceándome: “Ludovino, mamagüebo, por malo te quedaste ciego, por malo te quedaste ciego…”.

En medio de esa desgracia, ciego y con una sola pata, me dije: “Ya aquí hasta esta desgraciada cotorra se burla de mí, me voy para Baní, no a vivir, eso quedó atrás, me voy a contar la vida, de la única manera que vale la pena contarla: como a mí me da la gana de recordarla”.