Secundino Bayahonda

Por Carlos Segura

http://notisurbani.com/images/Carlos_Segura_escritor_foto.JPGEl cielo estaba encendido como un árbol de Navidad de luces plateadas. Una, de las tantas estrellas que esa noche pululaban en el firmamento, iluminó la mente de Matilde: “Esto se va a acabar. Esta noche vacío el baúl o no me llamo yo Matilde”, se dijo mientras preparaba la tisana de hojas de limoncillo que religiosamente tomaba su marido Secundino antes de acostarse, para protegerse de posibles afecciones cardíacas o respiratorias. Hacía varios días que venía pensando cómo hacerlo, pero tenía un obstáculo de talla por delante: Secundino verificaba su baúl todas las noches, antes de acostarse, y dormía muy cerca de él, con un ojo cerrado y otro abierto, como los delfines. Para complicar aún más la tarea, poseía un oído de búho que le permitía detectar el más mino ruido. Pero esa noche, Matilde estaba segura de haber encontrado la solución: diluir en la tisana dos pastillas de benzodiacepina, un somnífero que había adquirido meses atrás para paliar su problema de insomnio.

Acostumbrado a dormir del lado izquierdo, porque el ojo derecho lo guardaba siempre abierto, Secundino durmió esa noche patas arriba, y sus tosidos, cada vez que escuchaba el más mínimo ruido, brillaron por su ausencia.

No había que temer, estaba tan profundamente dormido que parecía que estaba muerto. Aun así, Matilde tuvo la precaución de hacer el menor ruido posible, sigilosamente traspasó todo lo que había en el baúl a la maleta de hojalata que tenía preparada para su viaje y, para que este conservara más o menos el mismo peso y volumen, recogió una ringlera de herraduras de mulo ensartadas en un alambre que había en un rincón, un martillo, un serrucho y una lata con clavos oxidados, los envolvió con los trapos viejos que encontró a su alrededor y volvió a cubrir todo con los amarillentos papeles de periódico que había descolocado. Dejó todo, como si nada hubiera ocurrido allí.

Fue ya bien entrada la mañana, que Secundino despertó desorientado, sin saber si era de día o de noche, pero con el reflejo de saltar sobre el baúl, chocando con él sin que este se moviera de su sitio. No le dio importancia al porrazo que se pegó en el dedo gordo del pie derecho. Dormitando, destapó el baúl, constató que todo estaba tal cual lo vio antes de acostarse y fue entonces que sintió el coñazo que se había pegado en el dedo. Echó unas cuantas pestes y preguntó azorado:

— Matilde, ¿y qué hora es, mujer?

—Van a ser 1as diez.

— ¡Cojollo, y que diablo me ha pasado a mí hoy, un hombre que se levanta desde que Dios amanece!

—Dale gracias a Dios Secundino, eso es salud —dijo Matilde—. Solo estaba esperando que te levantaras para irme. No olvides lo que hablamos ayer, mantén siempre cerradas las puertas y las ventanas. Te puse la bacinilla frente a la mecedora, para que no tengas que salir al monte a mear o a cagar. No le quites los ojos al baúl, aunque eso no tengo que decírtelo, tú sabes que ahí está todo lo que hemos logrado conseguir a puros sacrificios.

La partida de Matilde lo dejó indiferente. Se quedó tranquilo, sin la más mínima sospecha de que todo lo él había logrado acuñar, gracias a un régimen de ahorro basado en el principio de que todo centavo o peso que caía en su bolsillo quedaba automáticamente fuera de circulación y de haberse impuesto un estilo de vida miserable para sostener ese propósito, iba en la maleta que ella se llevaba.

Nada había heredado Secundino de sus antepasados. Su padre, Justino Idelfonso Rodrigo Romero Perdomo, llegó al país en 1914, procedente de una aldea del municipio de Betancuria, Fuerteventura, de cuyo nombre no quiso jamás acordarse, para que no le diera hambre, frío y la desolación de ver a los viejos morir y a los jóvenes partir.

Partió para Santo Domingo con la esperanza de que por mal que le fuera, nada podía ser peor que lo que había dejado atrás, una España vieja y enferma. Dispuesto a iniciar una nueva vida, en un mundo nuevo, porque la que había vivido no había valido la pena.

Santo Domingo no fue una elección, sino más bien la única oportunidad que se le presentó en el camino. Tras la pérdida de sus dos últimas colonias en el nuevo mundo (Cuba y Puerto Rico), los españoles se vieron confrontados a las restricciones impuestas por los Estados Unidos para inmigrar a Puerto Rico, que pasó a ser colonia con otro nombre, así como a Cuba, país en el que también pasaron a controlar todos sus asuntos.

Tuvieron pues que buscar otras destinaciones, una de ellas fue la antigua colonia de Santo Domingo, aunque en menor medida que Argentina, Venezuela, Chile y otros países de la región, que tenían mayor desarrollo económico y social. Fue así que el padre de Secundino, sin más fortuna que siete cabras, en una perdida aldea de Fuerteventura, islas Canarias, interesado en embarcarse en el primer barco que saliera para América, vino a parar a la República Dominicana.

Un día, se apersonó al ayuntamiento de Betancuria y allí le informaron que había una antigua posesión española, interesada en refinar su “raza”, donde abundaban las tierras fértiles y se acogía con beneplácito a todo el que llegara, sin importar que fuera prófugo de la justicia, sifilítico, tuberculoso o leproso, bastaba con que fuera blanco. Pero eso sí, le advirtieron que esa isla, como todas en la región del Caribe, era con frecuencia azotada por fuertes huracanes, pero como él ya estaba acostumbrado a los vientos saharianos que con frecuencia azotan Fuerteventura, eso no tenía por qué preocuparle. No lo pensó dos veces, se inscribió de inmediato como voluntario de tripulación y, dos meses más tarde, partió de Puerto del Rosario para ese país del que acababa de enterarse que se encontraba en algún lugar de América y del que era la primera vez que había oído mencionar su nombre.

Al momento de su llegada, le fue imposible averiguar quién gobernaba en la antigua colonia española, ya que había un gobierno nuevo todos los años. A veces, apenas duraban unos cuantos meses. En medio de ese desorden, se dijo: “¡Hostia!, si aquí ni siquiera se sabe quién es que gobierna, todavía menos se sabrá a quién pertenece la tierra”. Se instaló en Villa Güera, una aldea al norte de Baní, por aquel entonces, con una población de almas y cabras similares a las que había dejado atrás en Betancuria, allí tomó posición de toda la tierra que pudo, sin más límite que lo que ya había sido tomado por otro.

Reinició la crianza de cabras, pero esta vez, no en cerros pedregosos como los de Fuerteventura, sino en una tierra de pasto abundante, donde las cabras se multiplicaron rápidamente como hongos. Contrajo matrimonio con una mulata dominicana de ojos de gato barcino y cuerpo de guitarra, solícita a que tocaran con ella todos los ritmos que el amor sabe bailar en la cama en sus noches de desenfreno. En diez años, le parió doce muchachos. Cuando no estaba preñada, era porque acababa de parir.

Cuando todo parecía prosperidad, llegó el ciclón San Zenón, dejando sepultado en el fango, el bohío, las cabras y todos los miembros de la familia, excepto Secundino, el menor de los doce, que tuvo el reflejo de treparse en una mata de bayahonda que, como toro bravo, desafió con él enganchado en unas de sus ramas las arremetidas del ciclón y la riada que le sucedió. De ahí le vino el sobrenombre de Secundino Bayahonda, pero su verdadero nombre era Secundino José María de los Santos Romero Castillo, según consta en el acta de bautismo, que yo mismo pude constatar, en la parroquia Nuestra Señora de Regla, Baní, provincia Peravia, nacido el 31 de octubre de 1924, fecha en que las principales instituciones de ahorro de Europa, tal vez iluminadas por el espíritu del niño que acababa de nacer, se reunían en Milán para retenerla como Día Internacional del Ahorro.

Huérfano de padre y madre, sin más herencia que una tierra arrasada por el ciclón y una verruga en el mismo centro del pecho, grande y negra como una mosca, que tenía también su difunto padre, sobrevivió gracias a la caridad de algunos vecinos, hasta que comenzó a trabajar, a muy temprana edad, en la recolecta de café, a cambio de la comida y, en tiempo de “zafra muerta”, pastoreando cabras en el monte o dándole de comer a mulos y burros.

A los 19 años cumplidos, se casó con Matilde, rayana de padre dominicano y madre haitiana que conoció recogiendo café en las lomas. Recuperando palos en el monte, construyeron un bohío de tejamaní1, piso de tierra y techo de cana. Ahí nacieron sus cinco hijos y vivieron toda la vida.

Todo en la casa era muy rústico y básico. Una cocina con setos de palos verticales, también con piso de tierra y techada de cana y un fogón de leña de tres piedras en forma de triángulo. En el interior del bohío, una rústica mesa con cuatro sillas de guano, dos mecedoras y una tinaja de barro para refrescar el agua en un rincón, como única decoración: un viejo afiche del Sagrado Corazón de Jesús, con la mano derecha ligeramente levantada a la altura del hombro, la izquierda en el corazón y la cabeza un poco inclinada, mirando a Secundino Bayahonda y presto a recordarle: “Hijo mío, es cierto que dije que de los pobres será el reino de los cielos, pero no que haya que vivir con tanta miseria en la tierra. Si de veras amas a Dios, a tu prójimo y un poquito a ti mismo, porque no veo que te quieres mucho, tratas de vivir más dignamente, por el bien de los tuyos y de ti mismo”.

El mobiliario del aposento se reducía a una cuerda para colgar la ropa, que iba de un seto al otro, un colchón fabricado con los mismos tallos de matas de plátanos secas con que Secundino hacía los aparejos de los burros. La única pieza de valor que había en toda la casa era el baúl, repleto de fardos de papeletas, producto de una crianza que reinició con el rescate de tres cabras que quedaron desperdigadas en el monte tras el paso de San Zenón y que con el paso del tiempo se multiplicaron hasta perder la cuenta exacta de su número.

Con la leche de las cabras, Matilde elaboraba quesos, que Secundino se ocupaba de vender los días de mercado. Los cinco hijos se criaron con leche de burra, la única leche que Secundino permitía que se consumiera, porque no tenía venta, pero que, según él, era la mejor entre todas las leches, ideal para fortalecer los huesos de los críos y prevenir el desencadenamiento del asma. Paralelamente a la crianza de las cabras, levantó un potrero de caballos, mulos y burros que pasó a ser el principal abastecimiento de esas bestias en toda la zona cafetalera de la provincia y, junto a esta actividad, desarrolló una inmensa finca, donde cultivaba una gran variedad de frutas, víveres y verduras. Todo para la venta. Solo se retenía para el consumo casero las rabizas de yuca, batatas o plátanos quebrados, que no tenían venta en el mercado. Hasta los pesitos que se ganaba Matilde fabricando escobas y macutos de guano, iban para el baúl. “El que no economiza un palo de fósforo no economiza un peso”, solía decir cada vez que Matilde intentaba transgredir su disciplina de ahorro, tan simple como efectiva: comer mal y vestir peor, para que engorde el baúl.

El menú, que imponía también a Matilde y a los hijos, era igualmente simple, como su sistema de ahorro: un café puro en la maña, sin azúcar, porque el consumo de ese producto, además de caro, era poco saludable.

“Aquí no se come esa porquería”, sentenciaba a los muchachos, cada vez que reclamaban algo dulce. “El azúcar es un veneno que nos ha acostumbrado a comer la burguesía para llenarse los bolsillos de cuartos, sin importarle que esa porquería nos daña los dientes y nos llena la barriga de lombrices. Como yo jamás he comido eso, nunca he tenido que ir al dentista ni tampoco tengo lombrices, porque esos bichos no encuentran que comer dentro de mis tripas”.

El almuerzo, se reducía a unos cuantos trozos de víveres con un chorrito de manteca. Solo los domingos y días feriados, se acompañaban los trozos de rabizas de yuca y pedazos de batata de un ligero consomé, elaborado con un arenque que, atado a una soga, rodaba a través de una polea hasta el caldero donde hervían los víveres con una precisión milimétrica. Allí permanecía el arenque un par de minutos y se subía de nuevo al techo. El procedimiento se repetía durante varios meses, hasta que tan solo quedara atado a la soga el espinazo y la cabeza del desdichado arenque.

La cena consistía en un refresco de jagua, también sin azúcar, con un pedazo de casabe. Un par de horas más tarde, antes de acostarse, la inmancable tisana de hierbas de limoncillo, que crecía en abundancia detrás de la cocina, también sin azúcar.

Su vestuario era también muy simple: pantalón y camisa fabricados por Matilde con tela de sacos de harina de trigo, teñidos con añil. La camisa, aunque Matilde la confeccionaba con cuatro ojales, tenía instrucciones de Secundino de solo ponerle tres botones, porque la enorme verruga negra que tenía en el mismo centro del pecho, era lo único que había heredado de su padre y esta debía servirle siquiera para economizarle un botón. De no ser así, para qué diablo iba su padre a trasmitirle esa jodida verruga. Para el calzado, él mismo elaboraba sus soletas, con plantillas de goma de carro, atadas a los pies con las mismas sogas que amarraba los burros.

Con ese régimen alimenticio y vestimentario, los hijos fueron abandonando la casa uno tras otro, tan pronto encontraban algo que hacer. El último en partir, fue Efraín, el menor, tras conseguir un empleo de sereno en una tienda de la Avenida Duarte. Construyó una casucha con pedazos de palo, cartón y hojalata, en La Ciénega, a orilla del rio Ozama, y allí se fue a vivir con una friturera haitiana que conoció por los alrededores de su trabajo.

Todos los hijos se oponían a que Secundino continuara amasando dinero mientras ellos se podrían en la miseria. “Este jodido viejo se piensa que la plata se la va a llevar en el cajón para comprarle a San Pedro un pedacito del cielo”, le enrostraban con frecuencia a Matilde. El que más insistió con ella para que buscara la forma de alzarse con la plata del padre fue Efraín. Para persuadirla, le bastó con llevarla un día a ver el lugar donde vivía en La Ciénega.

Si el bohío de Villa Güera era deprimente, aquello era ya la antesala del mismo infierno. El río arrastraba la basura hasta la casucha y el vaho, mezcla de fango y excrementos, invadía todo el interior. Aferrados al vestido de su madre, los niñitos, tres criaturas con ojos de ángeles y cuerpos de renacuajos, grandes cabezas, cuerpos esqueléticos, cada uno con dos amarillentos cordones de mosco en la nariz y los ojos llenos de legañas. Era un cuadro desolador.

—Esto no puede ser hijo mío, yo me encargaré de alzarme con la plata del viejo para sacarte de esta miseria —dijo Matilde— al despedirse.

Hacía ya un par de semanas que los vecinos no veían señales de vida en el bohío de Matilde y Secundino Bayahonda y, con el paso de los días, se intensificaron los ladridos de los perros y un desagradable olor a burro muerto comenzó a invadir todo el campo.

Fue el alcalde quien tomó la decisión de abrir el bohío. De rodilla, con la cabeza dentro del baúl, un ojo abierto y otro cerrado, miles de moscas y gusanos devorando la poca carne que quedaba debajo de su pellejo, tan arrugado como el de las iguanas, encontraron el cadáver. En desorden, no lejos del baúl, una hilera de herraduras, un martillo, un serrucho, un pote con clavos oxidados, un rollo de trapos y unas cuantas hojas de papel de periódico dispersas.

Debido al estado de putrefacción del cuerpo, el alcalde decidió que lo dejaran en el mismo baúl y lo enterraran a la vuelta de su potrero, sin más flores que los mojones de caballos, mulos y burros allí situados como disciplinados centinelas y sin un céntimo para comprarle a San Pedro un pedacito del cielo.