El día más claro llueve

Por Carlos Segura

http://www.notisurbani.com/images/Carlos_Segura_escritor_foto.JPGAl salir el alba, el canto viril de un gallo anuncia a Juanito el comienzo de un nuevo día. Pies en tierra, machete al cinto. Enciende el fogón y a pocos minutos un agradable aroma invade todo el bohío. Unos cuantos tragos del delicioso café son suficientes para alumbrar las células de su cerebro. “Con esa agüita de anoche, los tomates tienen que haber comenzado a florecer”, murmuró.

Le echó un poco de maíz a las gallinas. Luego, ensilló el caballo y partió para su conuco, situado no lejos del bohío. El sol comenzaba a levantarse en el oriente y las aves empezaban a emprender su matutino vuelo en busca de alimento. Todo apuntaba a que ese Miércoles de Ceniza sería un espléndido día de sol radiante.

—¡Diablo, cuántos cuartos! —exclamó— cuando alcanzó a ver su plantación llena de flores. Sin poder contener la emoción, le clavó las espuelas a su caballo clavelito y en un santiamén estaba ya en el conuco. De un tirón echó abajo la puerta de palos y alambre de púas y se tiró al suelo para oler las plantas de tomate cargadas de florecitas amarillas, sobre las que rebotaban los rayos del sol y hacían de la siembra un derroche de luz, color y olor.

http://www.notisurbani.com/images/cuentos_pueblerinos_carlos_segura_imagen_libro.jpg“¡Guaaay!, ya hasta me huelen a ron”, masculló. Varias escenas pasaron por su mente, se vio negociando una importante apuesta de gallo en la gallera del Cruce de Pizarrete, borracho como una uva y rodeado de putas en uno de los burdeles del puente Lucas Díaz y, finalmente, tirado sobre las piedras del río Nizao, enredado entre las piernas de una negra de nalgas hermosas que de vez en cuando pasaba buscando por un bar de La Jagua.

Juanito era un hombre de baja estatura, de voz fañosa y con más pelo en el pecho que en la cabeza, pese a que apenas rondaba los cuarenta años de edad. Vivía solo como la mala res. Sin una familia que mantener, trabajaba solo para costearse algunos vicios que él siempre consideró cristianos: el aguardiente, las putas, los gallos y los buenos caballos.

Durante un largo rato, se paseó por el conuco observando su siembra. Una chicharra acababa de iniciar su agudo canto cuando escuchó que alguien lo llamaba, miró hacia atrás y un hombre alto, de piernas delgadas y pronunciado vientre, se acercaba hacia él. Era don Marcelo, un reconocido intermediario de productos agrícolas de la zona.

“Aquí están mis cuartos”, dijo para sí.

Don Marcelo fue al grano:

—Amigo, le compro esta siembrita.

—Bueno, esta siembra vale unos cuartos —respondió Juanito.

—Recuerde que la compra de una cosecha en flor siempre tiene sus riesgos —replicó don Marcelo.

—Qué va don Marcelo, como quiera que usted lo mire, aquí hay unos cuartos rendíos.

—Pero siempre se puede negociar, ¿deme un precio? —inquirió don Marcelo.

—Deme 900 pesos y quédese con ella.

—Usted está jugando conmigo, hablemos en serio, eso es demasiado dinero; coja 700 y así quedemos los dos contentos.

Juanito no lo pensó dos veces. “El día más claro llueve, uno nunca sabe lo que puede pasar, y si se puede ir gozando la vida mientras tanto, para qué desaprovechar la oportunidad”, pensó.

—Está bien don Marcelo, pero necesito mis cuartos ahora mismo.

Don Marcelo extrajo de una bolsa de tela un royo de papeletas de diferentes numeraciones y le pasó los 700 pesos.

Un apretón de manos y negocio cerrado.

No era día de gallos, pero los bares del puente Lucas Díaz siempre estaban abiertos.

“Vamos clavelito, que hoy la parranda será larga”, murmuró Juanito, al tiempo que arreaba su caballo.

Ya muy próximo al puente Lucas Díaz, espesas nubes, que parecían haber tomado prestado el color negruzco de las fértiles tierras de Nizao, se levantaban desde el sureste.

“Uf, si cae esa agua se van a dañar los tomates, pero ya eso no es asunto mío”, pensó.

Eran las tres de la tarde cuando Juanito llegó al bar Las Cañitas, una larga enramada techada de cana, sostenida por doce horcones. En el fondo, un mugriento tramo de tablas con unas cuantas botellas de cerveza Presidente y rones baratos; Siboney, Bermúdez Cara de Gato, Brugal Dorado. Justo al lado de la enramada, la cuartería, morada y lugar de trabajo de siete putas.

Juanito amarró a Clavelito de un horcón y tomó posesión de una de las ocho mesas de madera rústica, rodeadas de varias sillas de guano que había en la enramada.

—Tráeme una botella de Siboney —ordenó al camarero, un jovenzuelo espigado, de pelo hirsuto y ojos saltones como los cangrejos.

—Usted me va a excusar, pero todavía no me ha llegado el hielo —le advirtió el muchacho.

—Te pedí una botella de ron —dijo de manera cortante.

—Si desea, le puedo traer unas rueditas de limón, para que no se lo tome a palo seco.

—¡Muchacho del carajo!, si con limón fuera mejor se lo echaran en la fábrica, guarda tu hielo y tu limón para cuando tengas que prepararte una limonada, a mí con ron me basta.

El joven entendió que su cliente no era hombre de andarle buscando acotejos y se limitó a depositarle la botella sobre la mesa, que alguna vez pudo haber estado pintada de azul cielo. Juanito destapó la botella con destreza, echó un chorrito en el suelo para los muertos y le ordenó al joven marcar en la vellonera una selección de discos de su predilección. Durante mucho rato, fue el único intercambio de palabras que sostuvieron. Desde que terminaba una botella, pedía la otra por seña.

Cuando terminó de tomarse el tercer pote, recordó que no andaba solo, echó una ojeada hacia donde había amarrado a Clavelito y le pidió al camarero otro pote de ron y una cerveza Presidente, de las grandes.

El joven, pese a que sabía que Juanito no era hombre de andarle haciendo recomendaciones, osó decirle:

—Amigo, la mezcla no es buena.

—Lo sé, pero la Presidente no es para mí, es para Clavelito.

Eructó una diabólica mezcla de alcohol y jugos gástricos que le cortó la respiración al joven camarero, se levantó apoyándose de la mesa y llegó zigzagueando hasta donde

estaba el caballo. De un tirón le echó el freno hacia atrás a para abrirle la boca y le embicó la botella de cerveza. “Bebe cabrón, que el que anda conmigo tiene que beber”.

Clavelito remeneó bruscamente la cabeza y devolvió una buena parte de la cerveza sobre la cara de Juanito.

“¡Ah, cabrón, no te gusta la cerveza!, está bien, el próximo trago te lo doy de ron”.

Ya había comenzado a llover. El joven camarero entendió que Juanito sería por rato su único cliente y ordenó a sus mujeres que comenzarán a prepararse para la faena. Minutos más tarde, su cliente estaba en la gloria: rodeado de putas.

La lluvia arreciaba a medida que avanzaba una noche que transcurrió para Juanito entre tragos, rizas, nalgadas a las putas y discos de Daniel Santos, Toña la Negra y Lucho Gatica. Ya en la madrugada, muerto de la borrachera, quedó profundamente dormido, con la cabeza recostada sobre la rústica mesa que tenía por delante. Las putas se fueron marchando a la cuartería una tras otra. Cuando abrió los ojos, el bar estaba muerto. Lo mató la lluvia.

Con la cabeza girando como un trompo, logró milagrosamente trepar al caballo y partir rumbo a La Jagua, en medio de la lluvia torrencial.

“Que se desplome el cielo y se inunde el suelo, pero hoy me cojo ese cuero”, masculló.

Esa negra me tiene enredao, me tiene enredao; como una culebra, como una culebra…, tarareaba Juanito cuando se aprestaba a cruzar el río Nizao, justo en el momento que llegó la riada que lo arrastró río abajo junto a su caballo y lo dejó sepultado en el fango, muy cerca de su anegado conuco. A lo lejos, el canto viril de un gallo anunciaba el comienzo de un nuevo día.

Con este cuento, El día más claro llueve, doy por concluida la divulgación parcial del contenido de este libro, ya disponible en Amazon (con una portada mejorada) en versión ebook (electrónica) y paperback (tapa blanda).

Hacen las delicias de este libro, quince cuentos cortos sobre el diario vivir de hombres y mujeres en el micro mundo de Baní, un pueblo con una cultura singular, donde el paisaje bucólico sirve de telón de fondo de jocosidades, ilusiones y desilusiones, amores y desamores, audacias y miedos, bondades y mezquindades, virtudes y miserias…

Nota

Para cómpralo en cualquiera de sus dos versiones, basta con entrar el título en la casilla búsqueda de Amazon.com y elegir la versión que se quiere. Si se elige el ebook, una vez instalada la aplicación Kndle (gratuitamente), el libro entra inmediatamente en sus celulares, tabletas o computadoras, por el módico precio de $4.00 US (aproximadamente 200 pesos). El precio de la versión en papel es de $8.00 US, más costo de envío, si es fuera de los Estados Unidos.

Mi agradecimiento a Jorge Mejia y a todo el equipo de NotiSur Baní por acogerme en sus páginas, así como los lectores NotiSur Baní, que han seguido con interés la publicación de estos cuentos.