Un novelista de la FLACSO

Categoría: Culturales Publicado: Martes, 16 Junio 2015 Escrito por Jorge Mejia

POR JOSÉ RAFAEL LANTIGUA
http://images.diariolibre.com/showimage.php?typeid=17&imageid=1084081En la literatura no hay patrones. Un doctorado en letras, digamos, puede convertirte en un buen poeta o narrador, como lo mismo -que es lo que casi siempre sucede- te convierte en un analista literario, en un evaluador de la práctica de la escritura o en buen catedrático universitario en su rama.

Un gran lector de novelas que decida escribir la suya propia, puede lo mismo triunfar como fracasar en el intento. Lo mismo ocurre con quien centrado exclusivamente en la forja literaria, no logra más que convertirse en uno del montón. Y los hay que salen del montón hacia la gloria literaria.

Personalmente, creo que la lectura es elemento fundamental para crear una buena obra literaria; que muchas debilidades que acusan algunos narradores o poetas se deben a la falta de una lectoría eficaz. Pero, al mismo tiempo, he de aceptar que no son pocos los casos en que un lector diligente, con tantas páginas sobre las sienes como días ha vivido, no logra hilvanar una obra literaria trascendente. En ocasiones, no pocas, un escritor dedica todas sus horas al ejercicio de la escritura y de esa experiencia de vida no sale una sola página que corte las venas al lector. Pero, casos hay, no pocos, en que un ciudadano cualquiera, empleado de segunda categoría en una oficina del Estado o en una entidad privada de cualquier tipo, dedica un par de horas en las noches o tal vez los fines de semana para ejercer el oficio narrativo o poético, y de esa otra experiencia de vida más recortada salen obras que merecen lauros y elogios críticos.

La literatura no tiene horma. Por lo menos, no de modo definitivo. Mario Vargas Llosa es un lector envidiable, escudriñador, que cuando escribe una novela dedica meses a la investigación previa. Su obra literaria es de una magnitud increíble, y lo mismo escribe una novela que todos reconocemos de excelente diseño, como produce un ensayo literario o político que hemos de aceptar valioso. García Márquez, sin embargo, nunca presentó credenciales de un lector tan constante y exigente como el nobel peruano. Su obra narrativa empero ya todos sabemos el sitial que ocupa en nuestra lengua. Vargas Llosa leyó mucho para alimentar su talento en la escritura. Al Gabo le bastó observar su propia realidad, la familiar o personal, y la vivida por otros, y en los caminos del periodismo, donde cada día desde la crónica roja, desde la política o desde las declaraciones y actitudes de cualquier figurante público, se nos ofrecen argumentos para novelarlas, encontró la fuente para hacer crecer al narrador nato que iba con él adentro.

Siempre he creído que los doctorados en letras no dan más que para la cátedra o la crítica. Que es mucho y necesario, valga decir. Pero, a veces, ocurre el prodigio. Umberto Eco, por ejemplo. Profesor de semiótica en universidades de Bolonia, Turín, Florencia, Milán y Estados Unidos por muchos años, aprovechó sus conocimientos y pericia profesoral para producir varios libros que fueron, en su momento, y de seguro lo siguen siendo hoy, paradigmáticos en el orden de su especialidad (Apocalípticos e integrados, La definición del arte, La estructura ausente, Tratado de semiótica general). Pero, un día quiso ser novelista, aprovechando los conocimientos y lecturas que atesoraba. Y de ese impulso nació, hace por estas fechas treinta y cinco años, una novela inmortal: "El nombre de la rosa".

La literatura no es un molde, pues. Yerran los que la conciben de otra manera. Luis Mateo Díez creo que sigue laborando como un simple técnico contable en el ayuntamiento de Madrid, donde ha estado por muchos años, pero es un brillante novelista que antes intentó hacer poesía con resultados nada halagadores (La fuente de la edad, Brasas de agosto, La mirada del alma). José Luis Sampedro, fallecido hace dos años, fue economista, por largo tiempo profesor de Estructura Económica, con varios libros sobre su especialidad, y antes fue soldado y aduanero, hasta que decidió escribir novelas y ensayos de otro tipo (La sonrisa etrusca, El amante lesbiano, Cuarteto para un solista). Mark Twain fue impresor de tercera categoría, no de libros sino de volantes y formularios, minero y conductor de barcos, y terminó creando libros emblemáticos de la literatura norteamericana (Las aventuras de Tom Sawyer, Las aventuras de Huckleberry Finn). Y hay otras muchas historias que nos revelan que la literatura no se rige por pautas estrictas, que es dueña de variables y que todo puede suceder un día.

El mexicano Jorge Zepeda Patterson se formó como economista y sociólogo, de los que en FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales) hacen vida profesional y política. En FLACSO hizo maestría y de ahí partió a París para doctorarse en Ciencias Políticas en La Sorbona. Más tarde, aplicó sus conocimientos profesionales en el periodismo, fundando los diarios Siglo 21 y Público, así como el semanario dominical Día Siete y una revista de negocios, Energía hoy; fue director de El Universal y creador de portales de noticias en internet. Hoy mantiene un diario digital (Sin embargo.mx) y una columna dominical que se lee en veinte diarios de México. Soy de quienes lo sigue los jueves en El País en su columna Pensándolo bien. En 1999 recibió el famoso Premio Maria Moors Cabot, el lauro periodístico más antiguo que se conoce, fundado en 1938 por el filántropo bostoniano Godfrey Lowell Cabot en honor a su mujer. De modo que este cientista social de la FLACSO tiene formación y experiencia en profesiones alejadas del espacio de la literatura creativa y cercana al periodismo que es donde ha ejercido la mayor parte de su vida y gracias al cual llegó a conocerse en México por sus libros de análisis político (Los suspirantes. Los candidatos de carne y hueso; Los amos de México; El Presidente electo: instructivo para sobrevivir a Calderón y su gobierno).

Con esa formación y esa experiencia tan vasta y diversa (su biografía revela que ha vivido -en el periodismo- saltando de un sitio a otro), Jorge Zepeda amaneció un día enfocado en ser novelista, sin dejar el periodismo y aprovechando sus conocimientos de las ciencias sociales. Su primera novela, Los corruptores, apareció en 2013, arribando como finalista del premio Dashiell Hammett, que se otorga anualmente a novelas policiacas durante la Semana Negra de Gijón. Al año siguiente, 2014, publica la segunda, Milena o el fémur más bello del mundo, ganando el famoso premio Planeta.

Poseo un ejemplar de Los corruptores, un poco para mantener actualizada mi biblioteca, pero no me animé a leerla hasta que un amigo me trajo de regalo a "Milena..." y me insistió en que la leyera. No soy adicto a las novelas policiacas, pero debo decir que ésta me arrobó por completo y me mantuvo hasta la madrugada en lectura constante hasta llegar al fin. Milena es una trabajadora sexual manejada por la mafia rusa que mantiene unos antros para clientes de lujo. Uno de sus clientes, dueño de un poderoso medio de comunicación, quedó prendado de su belleza y de sus artes, y la convierte en propiedad exclusiva con tan mala suerte que una noche se le paraliza el corazón cuando realiza el amor con ella. Por otros caminos van Los Azules (llamados de este modo por el color de las pastas de los cuadernos franceses que les traía el padre de uno del grupo cuando viajaba), un trío de amigos que intentan hacer justicia desde sus distintos quehaceres pero en plan común: Tomás, en el periodismo; Amelia, en la política, y Juan, el más fiero, en el plano siempre oculto y tenebroso del espionaje y la seguridad. La rusa Milena (que, en verdad, se llamaba Alka y era croata) y Los Azules se encuentran para enfrentar el desafío de la persecución de ella por la mafia que se dice dueña de sus encantos, y en medio de este trance surge no solo la mujer utilizada carnalmente sino la expresión de la trata sexual en los tiempos que corren. La novela es la otra manera con que el inquieto cientista social y periodista Jorge Zepeda busca denunciar los males de la corrupción política, las mafias rusas de la prostitución ("Kilo por kilo, el trasiego de mujeres es más rentable que la droga: bastante más fácil de introducir y es un producto que se vende muchas veces y a muchos clientes en lugar de una sola vez"), las connivencias de gerentes de organismos estatales con los negocios ilícitos y los males que ha acarreado la mundialización ("La globalización, lejos de convertir a la trata de personas en un anacronismo del pasado, generó un mercado mundial para las redes del crimen organizado").

Jorge Zepeda estructura muy bien su narración. A veces es cursilón pero lleva bien la historia y engancha al lector. Es un narrador efectivo y efectista. Siempre en la última línea imprime un nuevo suspense y deja entrar el nuevo eslabón en la cadena del thriller que desarrolla. Genial.

Hice la lectura al revés. Debí leer primero Los corruptores, la novela prima de Zepeda porque ahora, al leerla, compruebo que la suya es una saga de Los Azules, quienes protagonizan su novela en ambas narraciones. Pero, lo que importa es que este escritor y periodista mexicano decidió trasladar a la ficción que nace de la realidad más oscura y por tanto desconocida, los gajes perniciosos de la vida política, los desmanes de las mafias lavadoras de dinero, las truculencias de los despotismos partidarios y las corruptelas estatales y privadas, tomando desde luego como ejemplo al muestrario mexicano en estos apartados. Zepeda Patterson pasa del análisis sociológico en FLACSO a la crítica política y social desde la literatura. Una muestra más de que en el quehacer literario no hay patrones.

www. jrlantigua.com

Visto: 1309