El heroísmo resplandece.

Batalla de Beller.

Por: Sócrates David Peña Cabral

https://www.notisurbani.com/images/Socrates_David_Pena_Cabral_foto_mas_reciente.jpgPara octubre de 1845, la segunda campaña militar por la independencia nacional estaba en pie. Para esos días, se resalta la valentía y el arrojo de los separatistas y soldados dominicanos. La gente común sufría las consecuencias de las contiendas y para ese año, se tienen noticias acerca del deplorable estado de la agricultura en las cercanías de la ciudad de Santo Domingo y en otras localidades debido a que buena parte de la población masculina tuvo que abandonar sus cultivos al enrolarse en el ejército e ir al combate por la patria. Se establece que “en San Cristobal se estaba viviendo de la siembra de víveres, de algún tabaco y caña. En Baní la gente vivía de las salinas, la crianza de chivos, la ganadería y el corte de maderas. En Azua la mayor parte de la población se ocupaba de la fabricación de azúcar y el corte de caoba, además de la ganadería menor. En El Maniel (San José de Ocoa), el azúcar era la principal ocupación de las pocas familias que habitaban aquellas tierras aisladas”. En San Juan de la Maguana los pobladores se ocupaban mayormente de la ganadería, la cual se encontraba muy diezmada por los combates en la zona y la frontera estaba casi totalmente despoblada. En Montecristi, la mayoría de los habitantes vivían de la crianza de ganado vacuno y caprino, como en la aldea de Guayubín”. En Santiago la economía estaba mucho más diversificada que en el resto del país y probablemente en mejor condición. Todos los hombres hábiles para la guerra se encontraban sobre la línea fronteriza batallando con tesón en defensa de la patria y de su vida. Eran aún días de luchas y zozobras para el decoro nacional. Pedro Santana ocupaba el solio presidencial.

Así transcurrían los días en el país, mientras que en Haiti, Jean Louis Pierrot, presidente en ese momento, liquidaba la conspiración rivierista, la que había organizado Charles Rivière Hérard cuando se levantó en armas en la villa de Léogane, a varios kilómetros de la ciudad de Puerto Príncipe, en contra de Pierrot.

Pierrot felicitó a sus soldados por la rapidez de su hazaña en Léogane, y procedió entonces organizar su soñada gran expedición contra la República Dominicana. "Pierrot tenía la idea fija: el castigo que se debía infligir a los dominicanos". Pierrot procedió para mudar la sede de su gobierno al norte, argumentando que desde allí sería más fácil "restablecer la unidad del territorio", esto es, reconquistar la parte del Este, tomar nueva vez y de manera definitiva a la República Dominicana.

Sin embargo, el descalabro de las huestes haitianas, provocaba amargura en Pierrot. La noticia sobre la derrota en la épica contienda de la Estrelleta, reducía su prestigio personal y desvanecía el entusiasmo militar en el ejército haitiano.

Diversas causas incidían en las derrotas para los haitianos, pues en esencia las invasiones no tenían asiento en el pueblo haitiano, allí había pobreza y el Estado no tenía dinero suficiente para satisfacer necesidades de la población y menos los gastos que conllevaban las invasiones, por eso mucha rebelión interna existía. Pero sin dudas, que las victorias nacionales llegaban por apoyo de todos los sectores de la sociedad nacional, la colaboración económica que brindaban comerciantes extranjeros con dinero y radicados en este lado de la isla, ya constituida la Republica Dominicana y el valor demostrado por los dominicanos en cada combate.

En el sur, Duverge continúa su ofensiva y ataca los bastiones enemigos en Bánica. Las bizarras tropas dominicanas, después de cubrirse de gloria en la Estrelleta, mantenían armas al brazo, pero muy lejos se encontraban del nuevo escenario elegido por el ejército haitiano para renovar sus ofensivas.

Debido a los fracasos en el centro y en el sur, la estrategia haitiana era ahora invadir por el norte y se dispusieron en construir una serie de fuertes para salvaguardar sus pelotones. Vertiginosos pasaban los días y en la llanura de Beller, en las inmediaciones de Dajabón, fue terminado un bastión importante, llamado el “Invencible” por el General Morisset, quien precisamente había sido el comandante que resultó vencido en la Estrelleta. Amurallado por completo, con profundas fosas a su alrededor que lo abrazaban como cinturón y colocadas poderosas piezas de artillería en su lugares altos, producían una creíble definición de imbatible.

La fortificación fue levantada en la llanura de Beller para facilitar la visión de tropas hostiles e incluso, en todo el perímetro cercano, se ordenaron hacer excavaciones, en una especie de trincheras, para proteger aún más el baluarte. Sin dudas, era un escenario preparado por los haitianos para mantener esa posición por un buen tiempo y dirigir desde allí su anhelada conquista. Era incuestionable que resultaba teatro de combate difícil para cualquier asalto.

Sin embargo, en vigilia constante, con el delirio de ver ondear por siempre la bandera dominicana y enterados de las construcciones, del asentamiento de la falange haitiana en la zona Norte y sobre todo, de las intenciones de estos para producir un avance contundente, la comandancia de las tropas nacionales decidió hostigar, lanzarse a la demolición de las vetustas piedras que hicieron nacer el infame fuerte y producir el desalojo de las huestes invasoras que allí estaban instalados. Los informes del día 23 indicaban que en el pueblo de dajabon se hallaban acampados los generales haitianos Denis, Hilaire y Mitil, con trozo de caballeria y un batallón de infantería. Para la fecha, fuerzas dominicanas bajo el mando de Marcelo Carrasco libraron combates, con poco éxito, en las secciones de las pocilgas y Capotillo, por lo que se replegaron, caminando al encuentro con los batallones que marcharían hacía Beller.

E. Pelletier era el jefe de artillería, acompañado del capitán Benito Martinez, comandando las tropas de puerto plata. En otras líneas estaban Tte Crl José Maria Lopez, Jose Nicolás Gomez y Tte Crl. José Silva se desplazaba con el regimiento No.3 de Santiago, mucha gente de Moca y la Vega. Igual cabalgaba, Lorenzo Mieses, Tte. Crnl para entonces, pues había sido capitán de artillería en el fuerte Patria, un año antes, en la memorable batalla del 30 de marzo en santiago. Como también, Tomas Villanueva, que estuvo en Santiago, en Beler y luego se fue al Sur, prócer de la independencia y la restauración.

Llegaba nueva vez la hora de trocar la sangre por fuego, aparecía la voz estentórea que anunciaba combate y nuevos mártires y héroes habrían de florecer. La orden era avanzar hasta la llanura de Beller para la conflagración bélica y el general Francisco Antonio Salcedo fue el escogido para dirigir las armas dominicanas y lo acompañaría, en nueva campaña libertadora, el General José María Imbert.

La formación del ejército dominicano se efectuó en el cuartel general de Boca de Guayubin y con vehemencia militante asistieron las guarniciones de Puerto Plata, Santiago y tropas acantonadas en la Línea Noroeste. Oficiales de probadas dotes militares y de valentía proverbial, enriquecidas esas cualidades por la experiencia obtenida en anteriores batallas, fueron los escogidos para el sacrificio, para levantar la poderosa lanza nacionalista que buscaría en la dilatada lejanía del horizonte, la rígida silueta del castillo donde reposaba la cuadrilla invasora que constituía afrenta.

Y Salcedo, a sabiendas de que no se podía perder tiempo frente a un enemigo que conocía el terreno y que aprovechaba al máximo el tiempo preparando sus tropas, inició el 24 de octubre del 1845 la marcha hacía la sabana de Beller, escoltado en una procesión de fervor patriótico.

Por otro lado y como para ese entonces, la marina dominicana estaba estacionada en Montecristi con 9 naves, 1 fragata, 7 goletas y 1 bergantín, custodiando la costa norte, fue adoptada la decisión de que la marina atacara el poblado de Fort Liberté, como forma de producir confusión. Nuestra escuadrilla estuvo situada frente al pueblo de Mari-Baru. El 26 de octubre del 1845, por la noche, la marina produce disparos hacía el poblado de Fort liberté y la acción logra su propósito, las autoridades haitianas se confunden y retienen los refuerzos que serían enviados al fuerte Beller y por el contrario solicitan artillería para repeler a la fuerza de marina dominicana. Esta acción fue beneficiosa ya que debilito la posición en la fortaleza haitiana de Dajabón. De hecho, las goletas y el bergantín quedaron navegando frente a cabo haitiano, creando la idea de que esperaban alguna circunstancia para producir el ataque y esto dejo en incertidumbre a los contrarios. Afirman algunos autores, que la flotilla dominicana al mando de Juan Bautista Cambiaso, permaneció frente a Fort Liberté y con argucias de tablas impregnadas de alquitrán que encendieron y echaron al mar, simularon desembarcos en la noche, impidiendo que los haitianos despachasen refuerzos hacía Dajabon y particularmente hasta la fortaleza que habían levantado. Entre las tropas haitianas existió la creencia de que se trataba de una invasión marítima a su país.

El clima no era favorable y un poco agotadas, las fuerzas dominicanas comandadas por el General Francisco Antonio Salcedo llegaron a las lomas de Escanlate, donde debieron acampar durante dos días por lluvias torrenciales. En la mañana del día 26 de octubre, reinició el avance y fue apresurado el paso, el general se dirigió a una zona denominada Macabon para pasar revista a sus fuerzas y dar a la oficialidad bajo su mando las instrucciones definitivas. En tres columnas fue dividido el ejercito libertador y al mando de ellas, con tareas especificas, estaban, El coronel Pedro Eugenio Pelletier, los tenientes coroneles José Silva y Andrés Tolentino, el coronel José Nicolás Gomez y Marcelo Carrasco. Asimismo, encargos precisos fueron dados a José Gómez Mayol, al teniente coronel Juan Luis Ricardo, José María López, Coronel Lorenzo Mieses y al capitán Benito Martinez. Caerían muchos, Jose Jimenez, etanislao aranda, Mateo del Rosario, Diego Perez, Ramon de Castro, Jose Aybar, Pedro Santos, Juan Capeyan, Ramon Tavarez, Domingo Pacheco, José Gutierrez (partido en dos por un cañon), tantos que no recogen los registros epónimos de la historia.

Como no acoger estos nombres en estas humildes líneas si estos hombres como otros sin nombres, acudían orgullosos para llegar ante el umbral de la muerte, en un todo por la patria. Como no exhibirlos como virtuosos del patriotismo.

Para la noche del 26 de octubre del 1845, tropas del general Seraphin cruzan el rio Masacre, toman Dajabon y se instalan en el Fuerte Beller. Los exploradores que había colocado el comandante haitiano, en las orillas del arroyo Guayaba, les dio alerta al campamento haitiano y estos fueron informados que los dominicanos se encontraban cerca en orden de batalla. Las tropas dominicanas avanzaron sobre la llanura al ruido de los tambores de guerra, tocando paso de ataque, hasta que inicio la contienda con un “viva república dominicana”, arrojándose la legión nacional encima de la morada que hasta ese momento era inexpugnable e inaccesible, fortaleza levantada por el ejército invasor para exigir una posesión que desde el 27 de Febrero del 1844 ya no les pertenecía.

De inmediato, el grito para la batalla libertaria fue contestado por el rugir del cañón de las hordas que dirigía el general Seraphin y los dominicanos se vieron obligados a retroceder bajo nutridas descargas del enemigo atrincherado, después de haber visto caer a sus primeros soldados. El coronel Marcelo Carrasco caía fulminado con los ojos abiertos como si pretendiera quedarse en perpetua vigilia y sustentar desde la eternidad la bandera nacional. Con él, rodaron los cuerpos de José Díaz y José Peña, desplomándose luego el abanderado Lorenzo Fermín y Estanislao Aranda, convirtiéndose más que en mártires de la obediencia militar, en próceres.

La artillería era constante, el eco estridente sacude la llanura, había lluvia de balas en la sabana de Beller y los haitianos hostigaban, dificultaban todo tipo de movimiento y avance que intentaban los dominicanos. Había real dificultad para cargar a galope sobre la línea enemiga, pero era hecatombe de heroísmo y numerosos soldados, oficiales impetuosos se arriesgaron sin cesar al través de la metralla que salía del fuerte. Las bajas nacionales aumentaban, mientras José María López y el capitán Benito Martinez machacaban con fuego de cañón los muros de la fortaleza. En verdad, parecía “invencible”, complicado el acceso. Sin embargo, una legión de iluminados, bravos soldados del ejército dominicano, prosiguieron la ofensiva y estimulados por las muestras de coraje de sus compañeros de lucha, se abrieron paso por el centro de la sabana hacía las murallas y maniobrando sobre el terreno, alcanzaron el baluarte y poco a poco lograron vencer los muros, hasta que a la vez la puerta grande que cerraba el patio descubierto de la fortaleza cede ante el empuje formidable de los patriotas, el grueso de la tropa ingresa como avalancha en el recinto y bajo plomo, el “fortín invencible” se desplomaba junto a las tropas haitianas que lo levantaron. Los defensores del fuerte se mueven en desorden. Ya dentro, la historia fue otra, y el combate se producía cuerpo a cuerpo, quedando airosos los dominicanos por el uso de esa insuperable y frenética carga al machete. La retirada de los haitianos se produjo confusamente, fueron perseguidos y el fuerte posteriormente destruido.

El 27 de octubre del 1845, individuos de excepción, de fiero empuje, héroes dominicanos guiados más que con instinto militar por amor a la patria, entraron como mar enfurecido, encrespadas sus olas vigorosas por encima de los flancos de las rocas, para arrancar en la ribera y con su impetuoso torbellino, lo que se tuvo como arraigado, lo que el invasor creía inconmovible!

La vasta sabana Beller estaba húmeda más por la sangre de los patriotas que por las lluvias caídas en las noches anteriores a la contienda y los ojos inmóviles de los héroes caídos parecían dilatar sus orbitas en una visión del deber cumplido. El fuerte había sido heroicamente conquistado y hacían tremolar al viento la bandera dominicana, curtida nueva vez y mil veces si fuera necesario, por los soles de la gloria.

Señores, por eso hay rojo en la bandera, encarnando la sangre de los héroes, ofrenda generosa y derramada por la inmensidad suprema de su patriotismo. Hay que recordarlos cada noche y en cada rayo que teje el alba, porque en cada amanecer debemos pensar que nos legaron una patria, una tierra donde no somos extranjeros, porque ellos no excusaron jamás su pecho ante las balas del invasor.

En la sabana de Beller, al fuerte “invencible”, ¨como a los obeliscos de los tiempos faraónicos, el coraje metálico del sable libertador logró desplomarle y colocar en el reducto calcinado, el signo limpio y sin mancilla de nuestra identidad nacional¨, esa que nos distingue como dominicanos.

Vivan los héroes de la batalla de Beller que resistieron el fiero empuje de la contraria hueste y se precipitaron bravos sobre el fuerte invencible, ninguno vacila o retrocede y es allí, donde el heroísmo resplandece.

VIVA ETERNA REPUBLICA DOMINICANA!

Posdata: ¨Los pequeños hechos también cuentan en la historia y merecen su momento de gloria, que es recuerdo y lección a un tiempo. Hazañas, al cabo, menores según el baremo de la trascendencia y la incidencia en los acontecimientos posteriores, pero significativas de la voluntad y el carácter de quienes las han protagonizado¨… episodio a episodio se escribe el relato de las naciones con sus héroes, los honrados merecidamente tanto como los olvidados o apartados de la primera línea de la memoria¨.

¡Las Carreras! ¡Beller!, campos fueron. Que cubiertos de gloria se ven.